HACIA
UNA DRAMATURGIA NACIONAL
Mis primeros encuentros
con la dramaturgia hondureña [1]
Tito Estrada A.
El
teatro es un cuadro que pintan los actores frente a un público. En la medida
que se va pintando, va desapareciendo y cuando lo terminaron de pintar, la obra
ha desaparecido completamente. Para
poderla apreciar de nuevo, hay que volverla a pintar frente al auditorio. [2] Lo
que queda es el efecto emocional e intelectual que este “acto” pueda producir
en sus espectadores. Ese cuadro que se pinta es el drama o acción dramática, esa
es su esencia, una actividad simbólica que literalmente abre el telón de la
cotidianidad, revelando las calidades de las relaciones humanas.
Esta
acción dramática puede ser creada por un autor solitario o por un colectivo
sobre el escenario, pero su dinámica, de alguna manera, no se acaba ahí, no se
completa su significado sobre la escena, si no que la desborda y se extiende
hasta el público, donde el espectador le da un sentido complementario,
colectivo, de acuerdo a su propia experiencia personal o social, su
enciclopedia, su contexto histórico y cultural, y es en la integridad de esta
experiencia colectiva donde adquiere su validez como hecho estético.
Toda obra de teatro es realmente un “texto” destinado a
una representación escénica. La obra dramática puede y debe considerarse para
su estudio o disfrute, con la doble configuración: la del texto literario, la obra
escrita por un dramaturgo generalmente en forma de diálogo[3],
y la de su representación o espectáculo teatral, que es la interpretación o
realización escénica llevada a cabo por los actores y demás artistas (director, escenográfo, músicos, etc.) frente
a un público. Mucho se ha discutido
sobre el texto escrito y el texto representado, considerémoslos, para los fines
de esta exposición, una unidad.
El
concepto de texto teatral puede ser comprendido desde una perspectiva
lingüística como la estructura o soporte material en que se basa el discurso
(lógico o absurdo), ordenando contenidos en la emisión del mensaje, hasta su interpretación
como el “tejido” de los múltiples lenguajes de la puesta en escena: la luz, el
movimiento, los gestos, el color, en fin, el espacio escenográfico en su
totalidad. Por su capacidad de tejer esa diversidad de lenguajes es que el
teatro es considerado, por algunos autores, como un arte total o integral y es
por esa totalidad o multiplicidad de signos que puede “tocar” más ampliamente la
sensibilidad del espectador y producir en mayor o menor medida su efecto,
moviendo el intelecto y las emociones de su audiencia.
El
teatro además de ser comprensible es evocador, además de ser inteligente es
emocional, es una realidad alterna, simbólica. Sólo así puede perdurar más allá
de su realidad efímera que le condena existir únicamente en el espacio y el
tiempo de su representación porque al final nada queda, todo vuelve a su estado
original: los actores dejan de ser los personajes, el texto vuelve a ser
literatura, la escenografía arquitectura, el vestuario diseño, las luces
luminotecnia, el maquillaje cosmética, las máscaras, su símbolo universal,
vuelve a ser artesanía… al final de la representación queda sobre el escenario nuevamente
un espacio vacío, inerte, oscuro y sin sentido.
El
drama es el principio, medio y fin del teatro y su creación, construcción y
composición, la dramaturgia en cualquiera de sus acepciones, el principal de
sus artificios. El drama es para el
personaje teatral, lo que la vida es para la persona humana.
Mis
primeros encuentros con la dramaturgia hondureña, se dieron en el contexto de
la Compañía del Teatro Nacional[4], en
la que participé como actor entre 1975 y 1978. La puesta en escena de la
Pastorela “Olimpia” del Padre José Trinidad Reyes, dirigida por Santiago Toffe con
el elenco de la Academia Nacional de Teatro y la infraestructura de la Compañía,
fue mi primer encuentro con la tradición teatral nacional. Posteriormente se
realizó el montaje de una creación colectiva denominada “El Carnaval del
Soborno” escrita y dirigida igualmente de manera colectiva por un grupo de los
miembros más experimentados de la Compañía, con la dirección general de Mimi
Figueroa. Este trabajo abordaba desde una perspectiva histórica la trepidante
corrupción entre los sectores políticos nacionales, era un drama del presente
inmediato analizado desde sus raíces.
Poco
tiempo después participé como actor y compositor en el musical “Clementina
Suárez Vive” escrita y dirigida por Isidro España, basada en la poesía de
Clementina Suárez. Esta obra, en el estilo de la Opera Rock, señalaba una ruta estimulante
para los actores y el público joven, tanto por la temática que enlazaba la
expresión poética de la protagonista con su vida personal, que marcó una época como
mujer en la vida nacional, como por su carácter espectacular en una escenario
lleno de creatividad visual y musical contemporánea. El teatro nacional era para mi, una fuente de
emociones y descubrimientos de la gente, de la historia, de mi mismo.
Una
de las experiencias más enriquecedoras fue la creación colectiva y actuación en
la obra “Aproximaciones al proceso de independencia de Centroamérica y al
Pensamiento de José del Valle”, dirigida por Rafael Murillo Selva con la
Compañía del Teatro Nacionla. El proceso de creación colectiva partió de una intensa
investigación histórica sobre un hombre, nacido en Choluteca en el siglo XVIII,
que “entre la ilustración y el liberalismo”[5],
desarrolló un pensamiento de talla continental, difícilmente superado en la
región hasta el presente, y ejerció su papel de estadista en el contexto
histórico y geopolítico de la independencia centroamericana. Este trabajo estimuló
de tal manera la escena nacional en la perspectiva de la creación dramaturgica colectiva,
a partir de la investigación histórica, que hasta el momento sigue siendo
fuente de “inspiración” para muchos de los que continuamos en el oficio.
La
propuesta escénica, parte fundamental del drama, introducía una utilización del
espacio y demás elementos escenográficos que reafirmaban la propuesta de Rafael
Murillo, de integrar escena y público en el acto creativo y volver presente (de
manera simbólica) el hecho histórico narrado. El carácter épico del drama, la
ruptura de las convenciones teatrales tradicionales y la disciplina del trabajo
actoral, sumadas al humor extraído de la ironía histórica representada, daban
al público y actores una experiencia estética, que el director Murillo
desarrolla y supera posteriormente en su trabajo con comunidades negras,
campesinas y grupos teatrales surgidos de los sectores populares nacionales.
En
1986 el Teatro Taller Tegucigalpa realizó la producción de la obra “Oficio de
Hombres” del dramaturgo español Andrés Morris, radicado por muchos años en
Honduras, dirigida por Mario Jaén, cuyo personaje central es un hondureño que
regresa al país luego de haber sido becado para estudiar en el exterior y quien
para poder desenvolverse personal y profesionalmente en el contexto nacional,
tiene que desaprender todo lo aprendido y adoptar el modelo de conducta y
pensamiento que, según Morris, es el arquetipo de la conducta del hombre
hondureño. Pero lo realmente interesante no estaba en el análisis del texto
literario de la obra y la comprensión de los instrumentos críticos del autor,
sino en la creación actoral del personaje y el proceso lento e intuitivo de
encuentro con las motivaciones profundas de dicha conducta.
Darle
corporeidad a un personaje escrito con saña crítica sobre el papel, como lo
hacía Morris, poner mi cuerpo y alma al servicio de tales formas de conducta y
pensamiento, me hicieron comprender, y más aún sentir, el efecto devastador del
régimen moral de vida nacional en el individuo, que se manifiesta primero en
una ecuanimidad fingida, inhibiéndolo hasta la negación, para forzarlo luego a
convertirse en un rudo chabacan, que pistola en mano se hace sentir con
posturas que entre más arbitrarias mejor lo integran al conjunto de
contradicciones y convencionalismos atávicos que gobiernan alma y cuerpo de
nuestra sociedad y que cada día se manifiestan con más claridad en el presente,
volviendo el drama representado, un pequeño modelo a escala de la monstruosa
realidad humana que nos toca vivir.
Todo
esto en un paisaje cruzado constantemente por disparos (balazos) y un ambiente
en el que pesa sobremanera la corrupción política. Andrés Morris se convirtió
en uno de los pilares de la dramaturgia nacional, siendo de origen y formación
española, por su capacidad de interpretar y expresar una ideosincracia
particular, muy cercana a la sociedad medio urbana-medio rural, de mediados del
siglo XX, y por haber desarrollado un lenguaje escénico que se volvió característico
del teatro hondureño durante mucho tiempo en una escena casi costumbrista, sin
llegar a serlo por la condición misma de que una sociedad en transición entre
el campo y la ciudad no es ni deja de ser una y otra cosa. Morris es casi
realista, sin llegar a serlo porque el estudio y concepto de la realidad
nacional sigue en vilo y su obra es casi humorística porque el público sabe que
se está riendo por efecto del reconocimiento de su propia tragedia. Morris es
un teatro al filo de la navaja.
Uno
de los teatristas que marcó el curso del teatro contemporáneo en Honduras fue
Francisco Salvador. Francisco desarrolló su labor en un momento en que era
imprescindible la profesionalización del arte dramático en Honduras iniciando
el Teatro Universitario de Honduras y fundando junto a los grandes del momento
la Compañía del Teatro Nacional[6].
Entre las obras de nuestra geografía teatral que con mayor profundidad
incursiona en la identidad lo hondureño está “El Sueño de Matías Carpio”. Un
trabajo dramaturgico realizado en los años sesentas, fiel expositor de las
tendencias europeas del momento, integra los enfoques histórico y psicológico
sobre el tema del mulataje, un amplio sector poblacional, radicado primordialmente
en la zona norte del país. En 1999, con el patrocinio de la Secretaría de
Cultura y fondos de la UNESCO, dimos inicio a un programa de dramaturgia
nacional que dio cuerpo teórico y técnico a lo que actualmente es el Teatro
Laboratorio de Honduras y tras asumir la tarea de desarrollar una exploración
de temas de posible interés nacional, especialmente orientado a la juventud,
decidimos hacer una producción de “El Sueño de Matías Carpio”, cuyo montaje
original data de los años setenta.
Luego
de intensas jornadas de análisis de texto, tratando de comprender el mundo
existencial que aborda Francisco en un complejo teatro psicológico, desconocido
para nuestros noveles actrices y actores, fuimos ingresando en el cargado y caluroso
ambiente de la situación y acción dramática de una obra que, ubicada
históricamente a principios del siglo XX, momento de devastadoras guerras
intestinas que azotaron Honduras, daba cuenta del drama de dos personajes, prototipos
de dos sectores étnica, social y culturalmente opuestos, que a la vez constituyen
una unidad impresionante: ambos prisioneros, uno de la sociedad y el otro de si
mismo y que como el mito del amo y el esclavo son contrarios pero uno sin el
otro pierden su razón de ser.
Esta
obra establece un paradigma histórico y psicológico de la sociedad hondureña
que, unida en su diversidad étnica, prisionera de sus conflictos sociales,
incapaz de resolver sus problemas políticos, en la cual no parece haber
inocentes, carga culpas históricas, sociales y personales de las cuales solo la
muerte puede liberar. El mayor impacto en el público y los artistas que la
trabajamos fue conocer la profundidad de pensamiento de Francisco Salvador. El
tejido histórico, psicológico y teatral del drama que escribió es un ejemplo de
la dimensión de su personalidad y su obra artística en el contexto de la
dramaturgia nacional y más allá en la cultura de nuestro país.
En
1982 comencé una investigación dramaturgica, que entre jornadas de trabajo y
abandono concluyó en 1989 con la escritura de la obra “Aguirre”[7],
basada en la búsqueda de El Dorado en las selvas del Perú y la trágica empresa de
Lope de Aguirre, conquistador español que se rebeló a la corona y en medio de
una desenfrenada y absurda masacre ostentó fugazmente el poder absoluto. La puesta
en escena se realizó con el Teatro Taller Tegucigalpa, dirigida por Karen
Matute, financiada por la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de
Honduras, buscando una analogía entre las luchas por el poder en el siglo XVI y
la situación nacional en el contexto de la guerra fría. Este fue el inicio de
un nuevo proceso de aproximación a la dramaturgia nacional, ya desde la
perspectiva del dramaturgo, tratando de descubrir, de manera autodidacta[8],
los instrumentos y procedimientos de la composición dramática.
En
1994 la Secretaría de Cultura y las Artes emprende la reorganización de la
Compañía Nacional de Teatro, en la cual realizamos la adaptación de obras del
Teatro Clásico Universal, produciendo los montajes de “Las Troyanas” en una
versión libre del texto de Eurípides, “La Posada de Mirandolina“ basada en La
Posadera de Carlo Goldoni, y una traducción/adaptación de “Macbeth” de William
Shakespeare, con la asistencia de Alejandrina Gamundi; dirigida luego por Osmel
Poveda. Estas aventuras dramaturgicas que me permitieron comprender la
dimensión, profundidad y rigor del trabajo de los grandes autores.
Lo que es hoy el Teatro Laboratorio de
Honduras (TELAH) se inicia en 1999 como un programa de dramaturgia nacional impulsado
por la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes, especialmente orientado hacia
la juventud hondureña, que luego de varios procesos creativos se ha constituido
en un espacio para la investigación y experimentación de las artes escénicas,
gestión y difusión cultural independiente.
Por esa época el Comité Cultural de
Comayagua y la coreógrafa Isadora Paz iniciaron un proyecto de renovación de la
tradicional conmemoración del “Drama de San Sebastián o Baile de los
Diablitos”, que luego de una larga y difícil investigación temática y
entrenamiento de los actores, concluyó con la escritura de un nuevo texto del
Drama de San Sebastián de mi autoría. El proyecto no sustituye el Drama
original, que data de la época de la Conquista y actualmente su realización
sufre serios riesgos de sotenibilidad y urge su rescate, si no que logra
incorporar jóvenes de Comayagua a la recreación de tradiciones locales con
elementos del teatro contemporáneo.
Los procesos actuales de creación
dramaturgica en el Teatro Laboratorio, se fundamentan en la investigación y
análisis participativo de temas de interés social y sus manifestaciones
culturales colectivas. Buscan un lenguaje, una expresión popular, elaborada
profesionalmente por equipos multidisciplinarios, científicos y artísticos, con
un enfoque técnico y escénico contemporáneo. De estos procesos han surgido hasta
el momento las obras “La Montaña”, sobre la justicia social; “Caminante”, los
caminos de la Paz; “El Sueño que no Duerme”, tragicomedia de la migración;
“Manos Arriba”, los valores en la sociedad hondureña; “Sopita de Amor” y
“Lempira, la brasa encendida”, sobre la desnutrición en el Departamento de
Lempira.
Nuestro principal instrumento de
trabajo es el Taller de Teatro Popular, que contiene un programa de
capacitación, creación, producción y difusión de obras teatrales, para la
investigación e intercambio de conocimientos y valores, mediante el
entretenimiento cultural y la reflexión teórica sobre las complejas realidades
que es necesario intervenir. Nuestros participantes son generalmente representativos
de la temática en referencia y/o están involucrados en la prevención de riesgos
y la promoción del desarrollo social y humano. Se capacitan y organizan para
informar, sensibilizar y promover actitudes de cambio, personal y colectivo en
sus propias colectividades.
Las audiencias son generalmente las
mismas comunidades (o grupos) de las cuales han surgido los dramas,
protagonistas y representantes; es su vida, costumbres, creencias y prácticas,
tradicionales y contemporáneas las que llevan y ven sobre el escenario
propiciando el encuentro con su propia cultura y espiritualidad para la
reflexión, dotando de sentido y sentimiento a labor teatral. En este
laboratorio teatral procuramos devolver a la máscara su connotación original:
persona, adquiriendo su dimensión primaria de persona humana.
Nuestro trabajo de investigación y
experimentación produce generalmente dos resultados: a) obras de teatro
popular, representadas por los mismos participantes en el estudio, para sus
propias comunidades, y b) obras de teatro profesional, ejecutadas por actores
profesionales. Ambas procuran fines didácticos y estéticos con la certeza de
que “lo necesario es lo bello”[9].
Es necesario concluir este relato con
la aclaración de que lo dicho es solamente una parte muy pequeña y una visión
muy personal, en el universo del teatro en Honduras. Urge de un estudio
sistemático, consecuente con la enorme labor que en diferentes sectores
geográficos y sociales, grupos y autores han realizado en el camino hacia la
construcción de una dramaturgia nacional y que en ella encontraremos rasgos
fundamentales para la comprender lo que llamamos identidad.
[1] Esta
exposición hace referencia directa a las experiencias personales que como
actor, director y dramaturgo, he tenido en el teatro nacional, prácticas de las
cuales se ha nutrido, en parte, mi percepción del teatro como arte y la
experiencia escénica como hecho cultural (el oficio lo aprendí en la escuela).
A eso se debe la ausencia de menciones a diversos autores y un análisis sistemático
del desarrollo de la dramaturgia en Honduras. No existe tampoco dicho estudio
para hacer una referencia concreta a ello.
[2] Conversación
casual con Santiago García. Teatro La Candelaria. Bogotá, Colombia. 1982
[3] Existen
diversas formas de escritura teatral, no necesariamente utilizando la palabra
como forma de relación entre los personajes. Así mismo hay diferentes
manifestaciones del hecho teatral, desde las formas rituales hasta las formas
puramente técnicas de producir el espectáculo.
[4] La Compañía
del Teatro Nacional se fundó en Tegucigalpa en el año 1968 y se canceló en
1979, luego de una intensa actividad que puso en escena obras del teatro
clásico universal, teatro contemporáneo y de autores nacionales, así como
sirvió de nicho a los primeros trabajos de creación colectiva nacionales. Se
revivió felizmente en 1994 con el nombre de Compañía Nacional de Teatro y se
canceló nuevamente en 1996.
[5] “José Cecilio del Valle. Americanidad y
otras relaciones”. Danilo Pérez Z. Costa Rica
[6] La Compañía del Teatro Nacional fue
fundada por Francisco Salvador, Mercedes Agurcia, Santiago Toffe, Manuel Laínez
y Andrés Morris.
[7] Ganadora del primer lugar del Premio
Nacional de Teatro José Trinidad Reyes. Secretaría de Cultura. 1989
[8] Mi formación y práctica profesional hasta
el momento era la de actor y director.
[9] Aristóteles. Arte Poética.
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